lunes, 6 de junio de 2022

CON LA CRUZ A CUESTAS (relato de Paco Ramírez)

 


Lorencito fue el único varón de una familia en la que, cuando él vino, ya había cinco niñas. Tardío pero acertado, el pequeño pronto se convirtió en el juguete preferido de sus hermanas; mimado por seis mujeres, el cúmulo de atenciones recibidas sería una perdición para el pobre vástago.  El niño creció e hizo su primera comunión vestido de blanco: camisa y corbata albinas, librito recordatorio con tapas de nácar y crucifijo bañado en oro; una roja Cruz de Santiago resaltaba sobre la blanca chaqueta. Desde la celebración del rito sacramental, del cuello del muchacho colgaba siempre la cadena con su cristiana cruz.

Poco tiempo después de recibir la Eucaristía las madres decidieron inscribir al alevín en el colegio de los Trinitarios Descalzos; el primer día de clase fue un pequeño drama para el niño: ante su numeroso alumnado, la Orden de la Santísima Trinidad imponía una férrea disciplina. Aquello no le gustó a Lorencito, que volvió a casa diciendo que no volvía con los frailes; por más que las madres insistieron no hubo quien bajara del burro al niño, así que le buscaron sitio en una pequeña escuela aconfesional y, para no descuidar el aspecto religioso, lo inscribieron también en el movimiento local de Acción Católica. Siempre con su cruz colgando, al salir de clase el alevín solía ir al local de la Asociación, donde jugaba al ping-pong con los demás chicos; la mesa de tenis, situada en medio de la sala, dejaba libertad de movimientos a los jugadores para recibir y devolver la pelota con agilidad. Vigilante, sobre la pared del fondo se elevaba una gran imagen de Cristo crucificado, bajo el que aparecía la inscripción latina In hoc signo Vinces, el símbolo de la cruz que adoptara el emperador Constantino I.

Lorencito acudía semanalmente a la ermita de Nuestra Señora de Loreto, donde el movimiento católico celebraba su Sabatina; allí los jóvenes hacían ejercicios de recogimiento espiritual para evitar las tentaciones y mantener la pureza del alma. Lo cierto es que en esa edad la llamada de la carne era imperiosa y al mocito le resultaba difícil conciliar exigencias de cuerpo y espíritu: por más que se esforzara, los intentos de compaginar fe divina y vida mundana parecían condenados al fracaso. Ni La Esencia del Cristianismo de Ludwig Feuerbach y su teoría de la alienación, ni El Misterio de las Catedrales del enigmático Fulcanelli, ni las inquisitivas preguntas hechas en el Oficio divino de los sábados resolvieron el dilema del atribulado muchacho que, finalmente cogió la calle de En medio, eligiendo la más fácil y placentera vida pecaminosa.

Consecuente consigo mismo, Lorencito dejó de llevar su cruz colgada del cuello, pasando a cargar con ella a cuestas.